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sábado, agosto 07, 2010

El 7 de agosto de 2010: un día memorable para el país

En vísperas del 7 de agosto de 2010, día en que Alvaro Uribe entrega el poder a su sucesor Juan Manuel Santos, mi esposa estuvo comentándome sobre las dificultades para asistir a clase de una de sus alumnas de la universidad. Por encima de las dificultades económicas que son habituales en nuestra población, lo que resulta más difícil para su alumna es el desplazamiento desde su casa hasta la universidad, pues la primera clase es a las 6 de la mañana, hora en la cual apenas se está levantado el toque de queda en el barrio 20 de Julio, lo cual significa que debe salir a hurtadillas por las calles vecinas para poder llegar a la Universidad a las 6 de la mañana, a riesgo de que una bala perdida le fruste sus aspiraciones de ser abogada.

Esta estudiante le contaba a mi esposa que durante las noches tienen que intentar dormir en medio del cruce de balas entre las bandas armadas que se enfrentan en el barrio.

Para los que no viven en Medellín les aclaro que el toque de queda no es una medida adoptada por la Alcaldía Municipal ni es consecuencia de una declaratoria de estado de sitio adoptada por el Gobierno Nacional. Se trata ni mas ni menos de la orden impartida por las bandas que campean en este sector de la ciudad y que tiene vigencia todos los días desde las once de la noche hasta las 6 de la mañana.

Otro dato importante para quienes no conocen Medellín es que el barrio 20 de Julio está ubicado en la comuna 13 donde el Ejército Nacional supuestamente retomó hace algunos años el control de la zona mediante la controvertida "Operación Orión", comuna que se encuentra a menos de 15 minutos de la Cuarta Brigada, ubicada también en el costado occidental del Rio Medellín. No se trata entonces de un sitio apartado de la selva ni mucho menos de un coregimiento perdido en las montañas y cuyo acceso requiera de elaborados operaciones helicotransportadas.

La dramática situación que cuenta la estudiante de mi esposa no es un hecho aislado en Medellín: es la situación que se está viviendo cotidianamente en los barrios populares de nuestra ciudad.

La pregunta que necesariamente surge es, ¿Por qué la seguridad democrática no ha podido llegar en 8 años a los barrios de la capital del departamento natal del Presidente?

Hace algunas semanas hablaba también con alguien que me contaba de las oportunidades de negocios que en estos últimos 8 años ha encontrado en el sector agropecuario. Él, junto con otros inversionistas, han podido comprar grandes extensiones de tierra en varias regiones del Departamento y del norte del país para destinarlas a importantes proyectos agropecuarios. Se que estos inversionistas del campo no tiene que salir a hurtadillas de madrugada para tomar la carretera y se también que se desplaza con tranquilidad entre un sitio y otro del país, situación que hubiera sido inimaginable hace 8 años.

Los anteriores extremos son una clara muestra de cual es la realidad de la seguridad democrática de la que tanto hace alarde el presidente saliente, seguridad democrática que casi nadie se atreve a cuestionar por temor a ser vilipendiado como un apátrida que niega la realidad evidente de la reducción de la capacidad operativa de las FARC.

La verdad de la seguridad democrática es que ella le ha servido a los mismos grupos a quienes beneficia la política de la confianza inversionista, pero para el resto de los ciudadanos que viven en barrios populares como el 20 de Julio en Medellín, la seguridad democrática no pasa de ser un eufemismo con el cual se trata de disfrazar la realidad con palabras carentes de sentido.

El gobierno que hemos tenido durante estos últimos 8 años ha llevado a su máxima expresión el ocultamiento de la realidad a través de la propaganda oficial y del apoyo irrestricto de la gran prensa, como ocurre específicamente con nuestro primer periódico local, que calla la verdad de la situación que viven nuestros barrios, pero defiende abiertamente las virtudes de la “seguridad democrática”.

Lo mas grave de la situación actual es que con la asfixiante polarización que se ha vivido en los últimos años las voces que han pretendido mostrar la realidad terminan siendo calificadas como traición a la “patria” y son rápidamente descalificados por ir en contra de la verdad oficial.

Veo como positivo el sólo cambio de presidente, así sea por alguien que ha manifestado su intención de continuar con las políticas del gobierno saliente. Con la salida de Alvaro Uribe de la presidencia surge la esperanza de que tal polarización disminuya y que las voces de quienes han querido contar verdades como las relacionadas con la verdadera situación de seguridad del país sean escuchadas sin el estigma de la traición a la patria y sin que sean vistas como una ofensa personal a un líder a quien, por mandato de las encuestas, tenemos que estar eternamente agradecidos.

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